Cultura 14/01/2018 - 12:00 a.m. domingo 14 de enero de 2018

¿Qué hacer un domingo en Panamá?

Aunque la escena cultural ha crecido en el país, queda mucho por arreglar en términos de programación y de calidad. La oferta, en términos culturales es prácticamente nula los domingos

El Teatro Nacional permanece cerrado por restauraciones desde 2015. / Archivo | La Estrella de Panamá
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El Teatro Nacional permanece cerrado por restauraciones desde 2015.

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Luis Pulido Ritter
luispulidoritter@gmx.net

Hace poco leí de un colega universitario que quiso salir con su familia a un museo. Un domingo en Panamá. El museo estaba cerrado. Evidentemente, se preguntaba frustrado si debería ir a un Mall. Y yo le agregaría si ir a comer, a la playa o al cine.

Lo cierto es que si uno es un devoto cristiano podría pasar todo un domingo escuchando misa, desde la televisión (por varios canales simultáneamente), hasta la caída de la tarde en la iglesia de Santa Ana o en las muchas que hay en la capital. En verdad, fuera de estas actividades no hay mucho que hacer un domingo en un país que, en algunas páginas web de sus embajadas, se vanagloria de ser el más desarrollado de Centroamérica. Esto es una verdadero alarde pueblerino.

Pero solo es necesario ir a Costa Rica para darse cuenta que, en materia de museos, conciertos, teatros y eventos literarios, Panamá no deja de jugar en una liga de cuarta categoría. No hay mucho que hacer en este aspecto, a pesar que contamos con un Instituto de Cultura que debería pasar, para algunos bien intencionados (entre estos me encuentro yo), a un ministerio. Tampoco esta deficiencia cultural se arregla, como todos sabemos, por un acto de algunos voluntarios que aquí u acullá hacen sus actividades particulares.

Hay otra pregunta que también es necesario hacer, porque crear cultura (aunque sea en términos convencionales), no importa en qué dirección, implica, además, ofrecer calidad. Muy poco sirve ir a una función de teatro, a una exposición o a una lectura si uno se retira con la fatal impresión de ser un montaje de aficionados sobre la escena. Ya no es suficiente ‘querer hacer algo' y, mucho menos es un aliciente, que me quieran hacer reír —o conscientizar sobre algún problema de Panamá o del mundo— con montajes que estén llenos de lugares comunes.

Hay que tomar en cuenta que, si bien en Panamá no hay un público exigente en este aspecto, pues es un público creado alrededor de rituales sagrados y laicos, como fiestas y eventos colectivos (procesiones, carnavales, manifestaciones, desfiles, etc.), el tono es que, sin embargo, se exige cada día más calidad en los productos culturales. Y Panamá no es la excepción.

Del mismo modo, es necesario que comprendamos que leer, por sí solo, no ayuda a nadie. Esto último lo digo porque he escuchado gente que me dice que ha leído hasta doscientos libros, cosa que me recuerda a un personaje de la novela de Jean Paul Sartre, La Náusea , que pretendía superar su ignorancia leyendo todos los libros de una biblioteca de la letra A a la Z. ¡Vaya empresa tan insensata!

‘Crear cultura (aunque sea en términos convencionales), no importa en qué dirección, implica, además, ofrecer calidad'.
 

Estoy muy seguro que mi vértigo dominical no es solo mío. Ya mencioné al colega más arriba. Y ver televisión por cable es una opción muy pobre, más si repiten las mismas películas. Sin Netflix, por cierto, el domingo sería muchísimo más duro. Tampoco quiero cometer la pedantería de afirmar que tener un buen libro es lo mejor. Un domingo quiero salir, disfrutar del espacio público, respirar aire, pero no quiero tampoco que me aturdan (o que me obliguen a callar, a protestar o a gritar) con salsa o con reggaetón, por ejemplo, en algunos espacios públicos, punto que no significa que haya piezas que me gusten. El problema es otro. Es casi la imposibilidad de disfrutar del silencio, es decir, el que produce ruido no se da cuenta que lo hace y, mucho peor, si se trata de música. No es fácil decirle a alguien que, por favor, baje su música. Apagarla, imposible. ¿Y pedírselo a un taxista? Ni te atrevas a pensarlo siquiera.

Pero, de hecho, la pregunta permanece: ¿a dónde ir un domingo? ¿A la cinta costera o al causeway? Ya hasta he perdido la cuenta del kilometraje recorrido. ¿A un parque? ¿A cuál? ¿Visitar familiares? ¿Comer juntos? ¿Regar mis plantas y dedicarme a mi jardín? ¿Subir al Cerro Ancón? ¿Ver pasar un barco en una esclusa? ¿Pasear mis perritos que, por cierto, todavía no tengo? ¿Meterme en un restaurante a comer? ¿Ir al hipódromo, a una función de boxeo, a la gallera, al Bingo, a un partido del Árabe Unido con Chepo? ¿Recorrer un Mall e inventarme que soy un mirón postmoderno? ¿O sencillamente tumbarme en la cama a revisar Facebook?

Abro mi computadora. Recorro cines con películas que no me atraen, están cerrados los pocos museos y galerías que hay, y caigo en una exposición del único museo abierto en un domingo. La exposición pinta prometedora. ‘Pero no vaya a ser que haya ahora un tranque', pensé. La última vez que quise ir a ese museo, hubo un tranque descomunal provocado por unos manifestantes, mismo a las siete de la noche. ‘Pero hoy es domingo', me digo. Libre de tranques. Considero si voy caminando. ¿Por cuáles aceras? Finalmente, como no hay tráfico, voy en automóvil. Entro al museo. Escucho la voz de la joven apostada en la entrada que, con una sonrisa, indica la dirección de unos pasantes buscando una calle. Encuentro a otro visitante del museo que recorre lo que hay que ver. Termino de ver la exposición, que está muy bien curada, en media hora, aproximadamente.

Sentí calidad en el trabajo, reflexión en la selección de los materiales y una muy buena disposición del espacio. Me siento, sin embargo, en una sala para seguir viendo un video y me acordé de una escena en una ciudad, donde no hay domingo donde los museos, salas de concierto y teatro, estén vacías. El público hace fila y termina entrando en la librería del museo para comprar un souvenir o tomar una bebida en la cafetería. Pero ahora miro a mi alrededor. No hay nadie, a excepción de un joven que me recuerda que el museo cerrará en quince minutos. Eran las cuatro de la tarde.

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