Cultura 11/03/2018 - 12:01 a.m. domingo 11 de marzo de 2018

Entre Ulpiano Vergara y el recuerdo de mi padre

Y entre el baile y el sudor, entre el jovenzuelo musculoso con la emperifollada dama, el encutarrado con la joven de zapatos plataforma

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Luis Pulido Ritter
luispulidoritter@gmx.net

A todos nos pertenece la cultura. Y la hacemos todos los días. La cultura, la fuerte y la dinámica, es la que hacemos todos los días. Cometería una completa deshonestidad intelectual si no digo aquí que esta idea sobre la cultura no es mía, sino que la leí de Frantz Fanon, un martiniqueño lúcido que supo entrever la relación del poder, la cultura, el pueblo y el racismo. Sobre la cultura, sin duda, se realizan los grandes combates, aquellas luchas y gestas cotidianas sobre las que se asienta la fortaleza de todo sistema político y económico. Esto tampoco lo dije yo. Ya, muchos años atrás, Antonio Gramschi, quien Mussolini lo internó en la prisión para que dejara de funcionar ese cerebro, según sus propias palabras. Lo que trato de decir es que, a diferencia de mis citas y referencias conscientes, que tampoco dejan de pertenecer también a la cultura, aunque se le llame letrada, la cultura de todos los días es una cultura sin citas y referencias, sin pies de páginas, una cultura sin nombres y apellidos. Las ideologías, los poderes establecidos, los estados-nacionales, quieren siempre contarnos qué es la cultura. Pero la cultura es dinámica y transformadora, una veces conservadora y autoritaria, otras veces liberal y revolucionaria, pero, en términos generales, la cultura es lo que es: un acto de irreverencia completo, libre, que resiste las simplificaciones y las manipulaciones de los discursos y los poderes.

‘La cultura es lo que es: un acto de irreverencia completo, libre, que resiste las simplificaciones y las manipulaciones de los discursos y los poderes'.
 

Nosotros, como seres de cultura, que estamos cruzados por el lenguaje, la música, los libros y sobre todo, por las estrategias insconcientes de una experiencia colectiva de vida y de sobrevivencia que se ha venido transmitiendo de generación en generación, somos un complejo ritmo de dichos, palabras, asociaciones y memorias metidas en nuestro más profundo ser que, sin darnos cuenta, nos ha dado una personalidad y una orientación. Este hecho lo volví a sentir un sábado en la noche, cuando salí hacia la Chorrera, porque me llevaron a un baile de Ulpiano Vergara.

Al principio, no estaba muy convencido de ir ‘hasta allá'. No soy, debo decirlo sinceramente, aficionado del pindín, pues el acordeón nuestro lo he sentido siempre un tanto chillón y repetitivo. Pero una cosa es decir eso desde afuera (del mismo modo como es muy fácil juzgar a las personas), pero otra cosa es estar donde se cuecen las habas, dentro del famoso llamado toldo, y dejarse arrastrar por esa marejada humana, colorida y viva, llena de energía, de optimismo y de lozanía por gozar la noche, y recorrer la pista de acuerdo a los minuteros del reloj por siete minutos cada pieza. Es un cambio continuo de ritmo, un trastocamiento de la rutina, por un golpe de ritmo que le da un nuevo impulso a la rueda y que se mueve como si fuese cuerpo independiente de todo lo que le rodea. Y entre el baile y el sudor, entre el jovenzuelo musculoso con la emperifollada dama, el encutarrado ensombrerado con la joven de zapatos plataforma, saltó a mi cabeza el recuerdo de mi padre, cuando era un joven hombre y yo un niño de entre ocho y diez años. Mis padres estaban recién divorciados y, antes de que él partiera a Venezuela, atraído por el boom petrolero y con ganas de hacer su vida en otra parte por una temporada, partimos en su clásico Volkswagen (que en español significa ‘coche del pueblo') de los años sesenta.

Al ritmo del motor ronconcito, mi padre y yo nos lanzamos en una aventura donde recorrimos pueblos y fiestas del interior. Era febrero. Creo que no hubo toldo que quedó libre de nuestras visitas y mi padre y yo acampábamos donde nos atrapara el día. El Volkswagen, como buen carrito machetero, superaba kilometrajes de carretera, piedra y polvo. Éramos felices, muy felices, aunque para ese justo momento no sabía que no vería a mi padre por dos años seguidos.

Con el acordeón de Ulpiano Vergara en la Chorrera podía imaginarme ver a mi padre dentro de esa marejada humana: bailando al golpe armonioso. Y desde mi puesto, aliviándome del sudor y sintiendo la energía de las parejas, entró un cantalante con micrófono en mano esperando el último movimiento de Ulpiano para comenzar su solo que, con voz timbrada y bien instruida, atrajo la atención de todo el público. Fue otro instante verdaderamente mágico, donde el público, estremecido, repetía los estribillos lanzados al aire. Allí sentí lo que era la cultura para la gente, una experiencia de vida, traducida colectivamente en una sinfonía de sabores, ritmos, pasos y sudores, donde el mundo, con sus sinsabores y su frenético devenir, se suspende frente a un rayo musical que rompe el horizonte. Permaneciendo sentado yo solo admiraba tal despliegue de buen gusto, de conocimiento y de arte, un capital cultural incomensurable que se ha transmitido de generación en generación, donde las Américas. África y el Caribe en el transcurso de sus conectadas y contradictorias historias han recreado una manera de ser y de estar en el mundo.

De vuelta a la ciudad de Panamá solo entonces pude agradecer haber venido a la Chorrera a bailar con Ulpiano Vergara.

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