Cultura 03/03/2018 - 12:04 a.m. sábado 3 de marzo de 2018

Dos de enero

Cada temporada nacía como si un torbellino me atrapara. Ella regresaba los dos de enero y estremecía mis entrañas. Volvía con el mismo mensaje...

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Leyles Rubio
cuentosypoesias@laestrella.com.pa

Cada temporada nacía como si un torbellino me atrapara. Ella regresaba los dos de enero y estremecía mis entrañas. Volvía con el mismo mensaje en la madrugada: «Espero que hayas pasado una linda Navidad. ¿Te divertiste en Año Nuevo? Nunca olvido que hoy es tu cumpleaños. Te espero en el Starbucks de siempre para celebrarlo. ¿Estás libre a las tres de la tarde?».

Y la esperaba ante la visión de una ciudad derruida, sobreviviente de los últimos días de una campaña comercial caótica. Solo quedaban las titilantes luces con motivos navideños en las fachadas y las columnas de basura amontonada en las esquinas.

Apareció con un vestido negro y unos zapatos de tacón que le acentuaban las pantorrillas. Su piel dorada por el inicio del verano se armonizaba con los tonos madera del lugar. Pedí lo de costumbre: un té verde helado y el Caffe Vanilla Frapuccino, su predilecto.

Al principio, parecía un velorio entre nosotros. Nos examinábamos mudos por varios minutos. De repente, ella se armaba de coraje.

—¿Cómo está tu mamá —me preguntó.

—Bien.

—¿Y tus hermanos?

—También.

—¿Y tu perrita?

—No se separa de la pelota roja que le regalaste.

—¿Hasta ahora la tiene? —abrió la boca, dejando caer el sorbete.

—Claro.

Ella, sentada en uno de los sofás del segundo piso, lucía más hermosa que en la imagen de mi memoria. Sus ojos enrojecidos me mostraron las avenidas que caminó sin destino noches previas con pocas ganas de celebrar las fiestas. Se calmaron un poco al comprobar que aún conservaba en la muñeca la pulsera que me regaló. Me decían que no era feliz con él, con Guille. Luego ella misma lo confirmaba y me insistía en que regresáramos. Repetía frases periódicas: «Fue un error. Hay que voltear la página. Empezar de cero». Me pedía que la disculpara, «que ya pasaron años». Me aseguraba que dejaría todo. Y comenzaba el tic ansioso de su pierna derecha: la rodilla se agitaba sin control, de arriba hacia abajo, como si fueran las alas de un vencejo.

Le cambiaba el tema. «Vi que Gastón inauguró un nuevo restaurante en Barcelona. ¿Te tocará ir para supervisar la inauguración?». Ella entendía, y me contestaba lacónica: «Será por unos meses. Ya estoy cansada».

Le conté que yo también planeaba un viaje por esos lares. Pero ninguno quiso ahondar en ese detalle, todavía.

De pronto —no sé cómo— volvíamos a besarnos con caricias que mortificaron a las parejas vecinas. Por momentos dábamos algunos sorbos a las bebidas pero ya no las podíamos alargar más. Salimos tomados de la mano, como si el pasado no importara.

Ese anochecer fue diferente al de los anteriores eneros. No la llevé a su casa. Me dijo que se quería quedar más tiempo conmigo. Me pidió que nos tomáramos unas copas.

Y nos fuimos a nuestro bar, por el centro comercial de Chacarilla. Se mantenía igual: la luz tenue, las mesas de plástico, y la mesera que nos traía sin consultar cervezas cada vez que acabábamos una botella.

—Te necesito.

—Yo también.

—¿Por qué no lo intentamos? —Y comenzaba el movimiento nervioso de su pierna derecha—. Todo de cero.

—Tu tía salió en la portada de Caretas con sus dos hijas. Qué bueno que se haya recuperado.

Entendió el cambio y me contó lo débil que estuvo y lo terrible que la pasaron cuando le detectaron el tumor en la faringe. Renunció al Congreso. Las quimioterapias fueron espantosas. En los ocho meses que estuvo en el Hospital de Neoplásicas no dejó de verla y la atendía en sus días libres.

Yo la escuchaba. No le dije que también me comuniqué con ella. Que a pesar de lo frágil de su estado por el tratamiento, me dio consejos sobre nosotros.

Y no sé cómo pero nos volvimos a besar, acompañados de las luces de neón que imitaban los colores del arcoíris, aunque en tonalidades sombrías por el humo de los cigarrillos. Sonó su canción favorita de The Cure.

Con una ondulante voz me insinuaba:

I'll run away with you .

Y yo le respondía:

You, strange as angels

Dancing in the deepest ocean.

El pasado adquiría forma con la música. Remembranzas de los paseos de la mano por los parques, por los malls , de las llamadas telefónicas inacabables se mezclaban entre nosotros. Mientras terminábamos la décima Pilsen, dudé del presente que aparecía en el reflejo de la botella. Me paré para buscar un taxi y dejarla en su casa. No se despidió como de costumbre. Y eso que el dos de enero estaba acabando.

A los minutos, me llamó. Pidió que retornara. Me rehusé. Suplicó que por favor lo hiciera. «Te estoy esperando en la puerta. No pienso entrar», sollozaba. Escuché la misma voz temblorosa que me rogó que la perdonara a los días de habernos separado. Eso partió mi corazón.

Cedí y regresé. Me ordenó que fuéramos a nuestro hotel de la avenida San Borja Sur. Desde que nos alejamos yo solía evitar bajo cualquier circunstancia ese lugar. Inclusive si era un paso necesario, me obligaba a desviarme.

Llegamos. Le dije al taxista que nos esperara.

El amor salió de su escondite, sin tapujos. Recorrí con hambre sus rincones, de memoria y a pasos firmes, sin temor a la oscuridad. En algún momento, ella guió mis movimientos con más soltura —supuse que otros le enseñaron nuevas rutinas—, hacia dónde debía explorar.

Hasta que ella elegía el final y su aroma se colaba como neblina en los cañaverales. La brasa de ese cuerpo emanaba un olor a carrizo y miel, que se reafirmó cuando mi lumbre la inundó. Y yo, por fin, era feliz.

Pero el velorio aparecía sobre nosotros.

—Extrañaba esto —dos surcos de rímel empezaron a descender por sus mejillas, arrastrados por lágrimas que más parecían alfileres.

—Yo también. —Y prendí un cigarrillo.

—¿Si volvemos de una vez? —No movió la pierna derecha.

—Me enteré de que Carla está saliendo con un nuevo chico.

—Sí. Es de su trabajo. Creo que este va en serio. Está muy templada.

Se levantó de la cama hacia la ventanilla. Corrió las cortinas. Vi unas ramas agitándose por la brisa, y de fondo, unos edificios descoloridos que preservaba en mis recuerdos desde la primera vez. Les gritó, sonó neurótica:

—¡Quiero volver contigo!

—No puedo… —susurré obligado.

—¡¿Por qué?! —se desgañitó. Fue de prisa hacia la cama que se tornaba diminuta e incómoda.

—Me voy a estudiar a Madrid en una semana —había esperado hasta el último minuto de nuestro encuentro para darle escuetos detalles. Mi estómago bullía sin control.

Un silencio atroz colmó el ambiente. Terminé la pitada.

Regresamos al apartamento donde vivía con su madre y hermana. Esta vez sí se despidió como todos los dos de enero, aunque ya había acabado unas horas antes: «Nada nos detiene. Te puedo esperar. Di que sí». Esperaba que me diera por vencido.

—¿Por qué lo hiciste? —silbé la pregunta que me funcionaba de despedida.

Salió del auto, aventando la puerta.

Al final entendí que me contestará con monosílabos por lo que queda del año. Cada quien hará su vida por su lado. Acaso atenderá los mails , los mensajes de texto, una que otra llamada. Sobre todo, las que le haré en las madrugadas sin oficio, antes de que termine por culpa suya al lado de otra mujer.

«Hasta el otro dos de enero», murmuré mientras ella subía por las escaleras hacia la cuarta planta.

Le dije al chofer que recorriera la ciudad. En mucho tiempo no la transitaré. Saqué el celular para ver la hora, pero me distrajo el aviso de las treinta y nueve llamadas perdidas y los ciento ochenta y tres saludos en el Facebook. «Bah», lo escondí.

Recostado en el asiento de atrás, me atrapó el espectáculo que la garúa de verano me mostraba: unas nubes muy grises en las tinieblas de la mañana del tres de enero.

ESCRITOR

LEYLES RUBIO

@checherule

Nació en el Callao, Perú, en 1986. Contador de historias con maestría en Comunicación Corporativa por EAE (España).

Ha desempeñado cargos de liderazgo en áreas de mercadeo, comunicación y responsabilidad social, para empresas multinacionales.

Participó en diversos talleres de escritura facilitados por reconocidos escritores latinoamericanos y en el Diplomado de Creación Literaria de la UTP (Panamá).

Tiene textos divulgados en diversas antologías, revistas y publicaciones digitales. Su primer libro es ‘Bailando descalzo por Madrid' (2016).

‘Dos de enero' es el cuento con el que arranca su ópera prima.

‘Sus ojos enrojecidos me mostraron las avenidas que caminó sin destino noches previas con pocas ganas de celebrar las fiestas. Se calmaron un poco al comprobar que aún conservaba en la muñeca la pulsera que me regaló. Me decían que no era feliz con él, con Guille. Luego ella misma lo confirmaba y me insistía en que regresáramos.
 
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