Cultura 13/08/2017 - 12:05 a.m. domingo 13 de agosto de 2017

‘La Condición del Espejo'

La misma fue hallada en 1836 en el archivo de la Sociedad de Amigos del País, pero el original se perdió y solo se conserva una copia.

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Luis Pulido Ritter
luispulidoritter@gmx.net

Entrar en la historia literariamente es un juego con los archivos, las referencias y la ficción. Y con Borges ya sabemos que, hasta los archivos, pueden ser resultado de una invención.

Hablar de novela histórica es, como afirma Antonio Rodríguez Salvador, un oximorón que vale reflexionar en todo el sentido de la palabra. Pero, en este caso, es mejor contar con un buen ejemplo literario como lo ofrece La Condición del Espejo , que es un texto que recrea la historia a partir del secuestro del Monseñor fray Juan de las Cabezas Altamirano, Obispo de Cuba, Jamaica y La Florida ocurrido en el año 1604 en Bayamo, localidad – cerca de Santiago de Cuba – famosa por su contrabando cuando la colonia española tenía serias restricciones de comercio.

Antes de todo debe decirse que este evento fue motivo para que en Cuba, y quizás en las Américas, se escribiera la primera obra literaria en 1608, Espejo de Paciencia, por el escribano Silvestre de Balboa. La misma fue hallada en 1836 en el archivo de la Sociedad de Amigos del País, pero el original se perdió y solo se conserva una copia.

Valga esta historia para comprender que tenemos que ver con espejos, quizá simulacros, punto que permite la re-creación literaria de Rodríguez Salvador, cuya novela transcurre entre dieciséis capítulos y no es nada fortuito que la misma comience con un excelente y bello epígrafe de Shakespeare: ‘Mira que a veces el demonio nos engaña con la verdad'.

En un lenguaje bien elaborado que juega con dejos y expresiones que nos son ajenos, pero no desconocidos, la novela se desenvuelve en esta historia de engaños, fraudes, simulaciones y crímenes: había que hacerle saber al rey que los bayameses no hacían contrabando y que pagaban o estaban dispuestos a pagar sus impuestos.

Y, en este sentido, con la final complicidad de La Condición del Espejo , que es el Obispo mismo, y que termina reconociendo la oportunidad que le ofrece la confusa situación para recoger sus diezmos y reconstruir su anhelada catedral, la novela nos lanza a la siguiente paradoja del poder: entre más concentrado, restrictivo y coercitivo es este, hay menos control sobre los súbditos.

Siempre se encontrarán mecanismos de escape, de contrabanado, e, incluso, de corrupción que, precisamente, promueve este tipo de sistemas cerrados, burocráticos y estatistas.

Es más, me atrevería a afirmar que este es un tipo de novela que muy pocos la podrían escribir y que un cubano, por su propia experiencia histórica, llega a comprender muy bien los finos entresijos de los engaños del poder, de las ideologías, ya sean laicas o religiosas, de los intereses del poder puestos en juego que, como se muestra en este texto, hasta la verdad puede engañarnos.

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