Cultura 16/07/2017 - 12:00 a.m. domingo 16 de julio de 2017

Acoso y derribo

El miedo a no poder defenderte. A ser culpable sin alegatos.

Mónica Miguel Franco
monicamiguelfranco@hotmail.com

Si hay algo que no soporto es la injusticia. El ensañamiento contra el caído. El seguir pegando al que está en la lona.

No me molesta lo más mínimo una pelea en igualdad de condiciones, uno contra uno, a espada, a pistola o a puño limpio. No tengo nada contra un duelo con los machetes de perro bajo el viejo tamarindo. Pero nunca el ataque cobarde por la espalda, o disparar al que está desarmado.

Hay pocas cosas que consigan sacar lo peor de mí, y una de ellas es ver a alguien dando patadas a un perro acurrucado en un rincón. Si quieren ver a una asesina, no tienen más que ponerme en esa situación. Y luego apartarse prudentemente.

No soporto la felonía. Yo, como Roma, no pago traidores. No me gustan las insidias, el juicio previo, la condena sin juicio. Defiendo la presunción de inocencia hasta el final. Hasta que un juez, (no el fiscal, no la opinión pública, no los medios de comunicación, un juez), dicte sentencia.

No quiero regresar a los tiempos de la Inquisición con calabozos lóbregos y denuncias anónimas. A no saber qué hiciste, ni por cual delito estás allí. El miedo a no poder defenderte. A ser culpable sin alegatos.

La malhadada y tristemente famosa lista Clinton es un medio canalla, innoble e infame de acabar con la reputación de alguien. Un juicio previo digno de marranalla de la peor estofa. Donde sin pruebas, sin acusación y sin juicio, crucifican a personas y empresas, acaban con reputaciones y doblegan, sin posibilidad de defensa, a los atacados.

El ruín imperio que dice ser defensor de los derechos y las libertades, se da el tupé de señalar así en impersonal, en gris, sin saber quien lo hace ni porqué, ni basándose en qué pruebas. Inserta un nombre en una lista y a partir de ese momento, esa persona y sus empresas están malditos, tienen la marca de Caín y nadie puede matarlos (porque al parecer no hay pruebas, ya que, si las hubiera o hubiese se le iniciaría un juicio como debe ser), pero tampoco pueden relacionarse con ellos.

Esto es infame, abyecto y rastrero. Es digno del matón de colegio que tienen como presidente en aquellos lares y de la morralla que lo sigue, aunque su nombre no dé nombre a dicha lista ni haya sido él el que haya puesto a La Estrella en esta tesitura.

Lo que está pasando con La Estrella de Panamá es injusto. Y es injusto porque se ha acusado sin pruebas, se ha condenado sin juicio y se está castigando sin derecho a la defensa. Y lo peor del caso es que hay voces miserables que alegan aquello de ‘si los gringos lo hacen, seguro que es por algo'. Lo cual me recuerda a un viejo adagio árabe que reza: ‘Cuando llegues a casa, dale una paliza a tu mujer, aunque tú no sepas por qué, seguro que ella sí los sabe'. La gentuza que aplaude cual focas el descalabro y que dicen, con voz engolada, ‘Pues que el dueño venda y ya', me recuerdan al populacho que, ante el inicio de las presiones contra los judíos en la Alemania de los primeros años del nazismo decían lo mismo. Callar también mata, sépanlo.

Lo único que me consuela es recordar otro refrán, este castizo, que anuncia que a todo cerdo le llega su San Martín, y esa chusma que se alegra de que se violen las garantías del estado de derecho, no tendrá a nadie para defenderlos cuando la jarca vil vaya a por ellos. Ego dixit.

COLUMNISTA

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