Más deportes 14/08/2019 - 12:00 a.m. miércoles 14 de agosto de 2019

Las vidas de inocentes

En los últimos años he visto y leído que los juegos con cierto contenido violento y agresivo causan un comportamiento similar en aquellos que los practican

Imagen de Resident Evil 4. / Cedida
Cedida

Imagen de Resident Evil 4.

Aldo Casas
cafeestrella@laestrella.com.pa

En este día me he envuelto en un centenar de pensamientos acerca de un tema delicado que espero transcribir con la mayor claridad posible, sin dudas para que se lea con precisión mi modo de ver lo que aconteció hace un año en Jacksonville en medio de un torneo de videojuegos.

Las personas que me conocen saben que las consolas y demás entretenimiento tecnológico no son mi pasatiempo favorito; sin embargo, tengo la fortuna de contar con varios amigos que de verdad son apasionados de esa industria, gente con grandes habilidades profesionales que los ha hecho destacar en sus trabajos.

Ni siquiera dudaría de ellos para corroborar que su estado mental o psicológico es absolutamente sano y que –hasta ahora– no requieren de ningún tipo de ayuda psiquiátrica para salir adelante. Lo digo por lo siguiente: el muchacho que abrió fuego en el centro comercial del estado de Florida no estaba afectado por el tipo de videojuegos que practicaba, sino por una cuestión que se ha escapado de las manos en el país vecino: el control de armas.

En los últimos años he visto y leído que los juegos con cierto contenido violento y agresivo causan un comportamiento similar en aquellos que los practican. En Estados Unidos tal vez sea cierto, o tal vez no. Es una respuesta que se ha difundido para minimizar uno de los objetivos políticos que debería ocupar más a los funcionarios norteamericanos: una legislación sobre el uso de armas.

Habrá personas que digan que el Madden también es un juego con propósitos bruscos e impulsivos –lo digo porque me lo han dicho, a partir del controvertido cimiento del peligro que involucran los golpes que se viven dentro de un partido real, con seres de piel y hueso, en la NFL o cualquier otra liga–, pero realmente no le encuentro nada de sentido a ese argumento.

Lo que sí trato de notar es la estimulación que produjo lesionados y fallecidos que únicamente pasaban un rato de diversión, un colegueo circunstancial que no perjudicaba a nadie. O al menos eso es lo que yo pensaba hasta hace unos meses que ocurrió la tragedia.

No considero que la práctica de los videojuegos haya promovido o avivado el deseo de matar a alguien, pero sí me parece que la derrota del antagonista, en pleno certamen, activó algo en su ‘pensar' que lo llevó a cometer un acto que más que lamentarse debe regularse ante las leyes estadounidenses. Una vasta diferencia entre una y otra situación.

Desconozco su modo de vida, si tenía familia o no, con quién vivía o a qué otra cosa le dedicaba tiempo. Y puede ser que a muchos de los que lean esto no les interese, pero a mí me impacienta un poco pues la decisión de tomar un arma por haber perdido una partida de videojuegos no es normal.

No trato de justificar lo que él hizo, solo quisiera concebir a plenitud lo que orilló a este joven para revelar nuevamente esa cara de la moneda que los Estados Unidos han insistido en ocultar, como si fuera un tema menor o una cuestión de nula importancia, y de esa forma enmendar los errores que mantienen a la sociedad norteamericana tan frágil.

Nadie puede regresar el tiempo, no se puede volver al pasado para reparar las injusticias. El asunto es que no es el primer tiroteo que se efectúa en territorio estadounidense, el más reciente fue a principios de éste mes en El Paso, Texas, con la pérdida de 22 personas más otras 24 heridas. La adquisición y uso de armas sigue sin ser controlado en medio de víctimas que se suman a las cifras rojas, esos números que mantienen desconcertados a miles de ciudadanos que no saben si ir al concierto, si pasear por el centro comercial, ir al antro o jugar videojuegos. Las soluciones al problema vigente han tardado en llegar y los hechos que gritan por atención no son escuchados.

¿Por qué me preocupa un tema de otro país, cuando en Latinoamérica también tenemos problemas? Porque no veo nacionalidades, yo veo humanos que murieron por disfrutar de un pasatiempo, pudieron ser mis amigos o pudo ser mi familia. No me interesa si ellos sienten simpatía por nuestros inconvenientes, me interesa que la vida se respete, y más cuando se pone en peligro la vida de inocentes

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